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PREGUNTA A UN POLICÍA por Franz Kafka


Era muy temprano por la mañana. Las calles estaban completamente vacías y yo iba a la estación. Cuando comparé mi hora con la del reloj de la torre, comprobé que era mucho más tarde de lo que había creído. Tuve que apresurarme. El susto que me causó comprobar mi tardanza provocó que tuviera inseguridad en la elección del camino, pues todavía no me orientaba bien en la ciudad. Felizmente encontré a un policía en las cercanías. Me acerqué corriendo hasta él y le pregunté sin respiración por el camino. Rió y dijo: «¿De mí quieres conocer el camino?» «Sí -le respondí-, ya que no puedo encontrarlo por mí mismo.»
«Renuncia, renuncia», dijo, y se volvió con gran ímpetu, como los que quieren permanecer a solas con su risa.




LO QUE NO PUEDE LA POLICÍA por Jaime Sabines


La policía interrumpió en la casa y atrapó a los participantes de aquella fiesta. Se los llevó a la cárcel por lujuriosos y perversos. Era natural. La policía no puede irrumpir en las calles y acabar con otros escándalos, como el de la miseria. 

EL JEFE DE POLICÍA por Edgar Lee Masters




Los prohibicionistas me nombraron jefe de Policía
cuando fueron prohibidas las tabernas, 
porque cuando yo era un bebedor, 
antes de ingresar a la iglesia, maté un sueco
en el aserradero, cerca de Maple Grove.
Y ellos buscaban a un hombre despiadado, 
inflexible, honrado, enérgico, valiente, 
y perseguidor de los bares y de los bebedores,
para mantener la ley y el orden en el pueblo.
Y me obsequiaron un resistente bastón
con el que golpee a Jack McGuire
antes de que él sacase el revólver con el que me mató.
Los Prohibicionistas gastaron su dinero en vano
al colgarlo, pues en un sueño
me le aparecí a uno de los doce jurados
y le conté toda la historia secreta.
Catorce años fueron los suficiente para matarme.  


Tomado de: "Almenas del tiempo" (Selección de poemas de Spoon River)
Compilación y traducción por Hernan Vargas Carreño. Bogotá. Colombia.

LO QUE NO TIENE NOMBRE (Fragmento) por Piedad Bonett


Tu hijo ha muerto y debes empacar una maleta para viajar hasta donde te espera su cadáver. Y lo haces. Alguien te ayuda, dice un pantalón negro, dice es mejor meter los zapatos en una bolsa. Tres horas hace, tres horas de un tiempo que ya empieza a correr hacia su disolución, y tú no te has desmayado, no has caído al disolución, y tú no te has desmayado, no has caído al suelo de rodillas ni te tambaleas a la orilla del vértigo o la locura. No. Estás, como dicen los manuales sobre el duelo, en estado de shock o embotamiento. Tu dolor, el de los primeros después de la noticia, se ha trocado en fría estupefacción, en pasmo, en una aceptación semejante a la que aparece cuando constatamos que hemos perdido el avión a una ciudad lejana. Tú tratas de pensar en medias, en piyamas, en medicinas, y repites en tu cabeza, hacia adentro, las palabras que acabas de oír, deseando que algo físico te saque del estupor, un ataque de llanto, un repentino acceso de fiebre, una convulsión, algo que venga a destruir esa serenidad que se parece tanto a la mentira, a la muerte misma. Te he empacado una bufanda, dice la voz. Perfecto, gracias.



Tomado de: "Lo que no tiene nombre" 
Alfaguara 2013.