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EL TERROR DE LA COMPRENSIÓN por Aleida Tabares Montes


¿Y Alguien dijo training?

Empezaré con  una intensidad:    
Cuando tenía 5 años  llegó a mi pueblo un circo;  imagen que  guardo celosamente en mi recuerdo: todo irrealidad. Una  mujer atravesaba el aire caminando sobre una cuerda. Una  mujer huída, a los ojos de una niña estremecida. No necesité nada más;  a partir de ahí, para  vivir salvaje y peligrosamente. 

Fanny Deleuze  dice: “Yo vivo en el borde de una horda purulante, de un enjambre de abejas, pero pertenezco a ella adherida por una extremidad de mi cuerpo” . Quiero retrotraer  sus palabras para hacer posible este diálogo,  un diálogo con mi cuerpo.  No obstante, huir es mi único lugar posible; incluso huyo de mi. ¿Y cómo dialogar con lo huído?. 

Yo vi el mundo hecho trizas. Un amasijo de impresentabilidades, esquirlas  de emociones, pedazos de infamia, cuerpos mutilados, ríos suicidas. Es  demasiado fuerte. Yo vi  y no olvidé. Regreso a mi espacio interior con mi  frágil cuerpo, las pupilas dilatadas. Es demasiado fuerte. Yo vi y no olvidé. 

Sed de justicia, sed de tiempo primigenio, sed de respiración, de quietud, de singularidad, en un mundo de estéticas totalitarias y cuerpos despóticos. “un mismo cuerpo para toda la  población, así, como bajo el rótulo de los derechos del hombre desde el siglo XVIII se redujo la población a una misma alma jurídica”.
  
Me acodaré  de un lugar cercano a la cuerda floja para jugar a ensayar. Jugar a ensayar en la balanza. Pondré en este balanceo, de manera deliberada, a María Zambrano, con toda  su  grandeza de poeta, filósofa y perseguida por el franquismo; quien   en su bello libro: “Notas de un Método” dice que “el clima de una sociedad se puede detectar en los cuerpos y en el andar de las personas; “creo que parecemos más hijos de Hitler y de los totalitarismos”.     No es difícil constatarlo  en un día de esos en que se eligen gobernantes: sólo hay que mirar  o mejor sentir como pasa por nuestro cuerpo esa corriente pétrea como una horda de cadáveres; y todos los días,  cuando la gente  va al trabajo o al estudio; bastaría detenerse con la mirada y la conciencia  estupefacta, claro, en uno de esos puentes metálicos que atraviesan las avenidas.    

Detenerse con asombro, en una necesaria y decidida actitud de rechazo,  a ese   mundo domesticado;  cuerpos domesticados e ideologizados, y  a  los sistemas dominantes que sacan partido de dichas  posiciones corporales. 

Ya desde la infancia  nos ponen a marchar al  ritmo regulador del sometido. Podríamos,  parafraseando a Proust – dice Pierre Bourdie – decir, que las piernas, los brazos, están llenos de imperativos adormecidos. Valores hechos cuerpos, transubstanciación que efectúa la persuasión clandestina de una pedagogía implícita, capaz de inculcar toda una cosmogonía, una ética, una política a través de exhortaciones tan nimias como “mantente derecho”.  

No se educa al sujeto en función de los fines que le convienen, sino en función de las necesidades productivas, ligadas al trabajo y al capital. Hagamos   entonces una fiel traducción de la doctrina oficial a través del pedagogo oficial: “El hombre de nuestro tiempo se ve arrastrado por una corriente de acción en la que está trazado su deber…. Después ampliado el esfuerzo al máximo ponerlo a disposición de la sociedad para aumentar su rendimiento” . De esto sabe mucho la educación física, también la guerra. 

He aquí una cartografía corporal y emocional, que nos  obliga a preguntarnos y detenernos en el cuerpo fragmentado, violentado.  
Hago una pausa, hay que hacer muchas pausas.   Observo algo que intento condensar en este haikú:


Los amantes exhibiendo el deseo
Un niño en el columpio
Arrastra el tiempo. 

Tomo distancia, respiro profundo;   25 años intentando respirar bien, conscientemente. Cuando ingresé a la  Escuela de Teatro,  lo primero que escuché fue “respirar conscientemente”. Finalmente  comprendo: lo  que me querían decir era que debía  respirar placenteramente.  Por  fin creo que se respirar,  como si saliera de un  largo  sueño.

Nuestro bienestar emocional está ligado a nuestra respiración.  Paciencia, conciencia, colectividad, ética, valentía, persistencia, disciplina, soledad, vitalidad, decisión, energía, tensión, distensión, equilibrio, quietud, partitura, deconstrucción, intento, concentración. La naturaleza  como metáfora del cuerpo: una  cascada de agua pura, la nube que pasa, el sonido del  laud, el pájaro que sobrevuela  la  tierra firme, el árbol y su estremecimiento. 

Decisión del espíritu, oquedad, asepsia, ascesis, vacuidad: cuerpo vacío en el espacio vacío; es este  el gran reto del actor y bailarín contemporáneos; pues,  en la escena,  sin duda,  no hay pequeñas causas: todos los actos se encumbran  hacia los más insospechados estadios de la imaginación.  

Y en ese avanzar por las grutas escarpadas del peligro, de intentar lo más difícil, - entonces- salir al escenario. Encarnar la metáfora la metáfora de la conciencia. 
En el tiempo de la máquina procuro el silencio, el apartamiento, el momento de la claridad. Creo que sin él, que es también el momento del teatro,  podría morir. 

Muchas veces me he preguntado por ese extraño amor por el teatro; la respuesta no se hace esperar; tiene que ver con la abolición del tiempo de cronos, en la escena;  ese momento ritual,  electrizante por demás, donde el tiempo real desaparece y es por lo tanto, ese misterio alcanzable de negación del tiempo, lo que paradojalmente me ha permitido adherirme a este humo asfixiante   que se llama realidad. Fascinación por lo real prefabricado diría Jean Duvignaud. 

En el tiempo de la poesía,  es  decir el tiempo del teatro,  soy Antígona, voy a enterrar a mi hermano, soy la hermana de Shakespeare,  vengo  del infierno. Soy Safo, busco en el centro del rayo el porvenir, y  Molly Bloom me arrastra en su carruaje metafísico.   

Cuando  uno  ha amado  algo, a veces,  también lo inventa, “Aquello que amaste fue verdad”. Dice María Zambrano. Este oficio que  amo, que me hace  soberana porque lo amo,  que me  hace libre aún en mis más devastadores cataclismos, no lo entendería con esta alegría presente si no estuviera definido por una voluntad acrecentada, por un entrenamiento cada vez más consciente.

Cuantas batallas perdidas, cuántos  procesos, búsquedas, equívocas, inequívocas;  cuantas certezas se han dado cita en esta ruta de intensidades. Cuantos combates necesarios, siempre necesarios,  y diarios de combate; sencillamente  escritos en la  piel. ¿Cómo ensanchar  ese músculo creativo, como no morir y morir  al mismo tiempo, cómo volver posible lo imposible, incluso hasta el límite de lo composible y del azar.  Y en ese obstinado impulso por transitar las abrasadoras corrientes creativas  descubro que muchas veces he llegado a Ítaca, pero he tenido que regresar,  a pesar mío, porque algo más allá de mis fuerzas  me impedía permanecer  allí. 

Hoy, arropando con ímpetu  el valor de la  voluntad, constato que a Itaca se debe  llegar sereno, el pulso firme, la mirada tranquila, inocente. ¡Oh inocencia perdida!. A Ítaca es mejor llegar completos,   desaprehensivos, desprovistos de máscaras,   livianos, ligeros de equipaje, deshabitados, leves.  Cuando uno está vacío, algo irrumpe desde esa vaciedad, algo  nos penetra misteriosamente, verdaderamente.

Aleida Tabares Montes 
Investigadora de Teatro y Literatura
Directora: Laboratorio Teatral la Metáfora 
Bogotá  mayo 31  de 2010. 

Fotografía: El paseo de los esquizofrénicos 
Dramaturgia y dirección por Aleida Tabares.